Ser venezolano hoy después del terremoto

En diciembre de 1999 una tragedia en el estado Vargas marcó el primer año de gobierno de Hugo Chávez. Veintisiete años después, una tragedia en el mismo lugar predice el final del chavismo en Venezuela

Era un miércoles, pasadas las seis de la tarde en Venezuela, cuando la tierra tembló. Fueron momentos de incertidumbre. Pasaron un par de minutos y la vida de todos nosotros los venezolanos: cambió.

Algunos fallecieron al instante al derrumbarse el lugar donde vivían. Muchos perdieron a un familiar, a un amigo, a un vecino. Perdieron su hogar, sus pertenencias. Otros aún permanecen con vida entre los escombros y un gobierno ineficiente que no llegó a tiempo. Un país destruido por la corrupción y la desidia de 27 años de chavismo. Sin ambulancias, sin hospitales, sin camiones de bomberos, sin camillas, sin herramientas.

Familiares, vecinos y voluntarios trabajan con las manos para tratar de llegar hasta donde aún hay personas con vida. El panorama es espantoso. Necesitamos ayuda internacional, la cual llegó, pero, debido a la magnitud de la tragedia, no es suficiente. Aun así, trabajan con las uñas. Siguen encontrando personas con vida y recuperando los cuerpos de quienes murieron.

Estoy fuera del país desde hace años. La noticia me llega cuando salgo del trabajo. Recibo la llamada de mi jefa preguntándome por mi familia. No entiendo. De inmediato empiezo a temblar. Necesito saber cómo está mi papá, cómo están mis tíos. Por favor, Dios, que estén bien.

Mi papá responde el teléfono en medio de la oscuridad. Estaban sin luz, como les ha tocado una vez al día, todos los días, durante los últimos años. Pero estaba bien. No tenía idea de la magnitud de lo que estaba ocurriendo. Logro tranquilizarme mientras sigo caminando hacia el metro.

Al llegar, empiezo a revisar las redes sociales. Cientos de videos de derrumbes, gente gritando, gente pidiendo ayuda. Han pasado menos de dos horas y aún no se dimensiona la magnitud del desastre.

Cuarenta minutos de camino a mi casa y todo el dolor del mundo sobre mis hombros. ¿Qué más tiene que pasar en Venezuela? ¿Hasta cuándo, Dios mío?

Trato de ordenar mis pensamientos. ¿Qué puedo hacer? ¿Qué debo hacer? Les escribo a mis amigos de Maracaibo y, aunque sé por mi papá que apenas sintieron el temblor y que todo está bien en esa ciudad, necesito saber cómo están. Les pregunto a mis tías si están bien. Todos están bien. Los de Falcón también. Mis amigas de Maracay están a salvo, pero muy asustadas porque el sismo fue muy fuerte. Una no responde. Otra me cuenta lo que vio: un edificio caído, todo es un caos. Trato de encontrar las palabras correctas para calmarla. Spoiler: las palabras correctas no existen.

Son las once de la noche y mi amiga Ninoska aún no me ha respondido.

—Nino, por favor responde. Necesito saber que estás bien. No puedo dormir.- Pienso cuando intentaba pegar los ojos.

Al fin responde. Está asustada, pero está a salvo. Me siento más tranquila. Sin embargo, no puedo controlar el temblor de mis manos. Me duele el pecho y se me hace imposible dormir.

Es la una de la madrugada. El teléfono apagado. Solo se me ocurre orar: Dios, ayuda a esa gente. Dios, ¿qué lección necesitamos aprender? Dios, dame serenidad. Jesús, consuela a las madres que pierden a sus hijos, a los hijos que quedaron sin sus padres. Dios, cuida a los abuelitos.

No sé qué más hacer.

Al amanecer, más noticias. Todo es devastador. Mucha gente muerta. Cientos. Miles. El pecho me aprieta. La gente que te aprecia envía mensajes preguntando: «¿Cómo está tu familia?».

«Están bien…», respondo casi en modo automático.

Ellos están a salvo, pero yo estoy mal. Estoy viviendo un luto inmenso por todos y por nadie. No se puede explicar. Me siento triste, vacía, egoísta.

Me siento egoísta porque no tengo derecho a quejarme por una uña rota o por un dolor de estómago. No tengo derecho a quejarme porque la señora que camina delante de mí va muy lento y no me deja pasar. No tengo derecho a quejarme porque esa fórmula de Excel no me sale. ¿Cómo me puedo quejar si estoy viva, entera, sana y a salvo? ¿Cómo me puedo quejar si mi familia está viva, entera, sana y a salvo?

Dios, perdóname por ser tan egoísta. Dios, perdóname por quejarme.

Me siento triste, vacía. Un hueco ocupa el lugar de mi pecho; arde y duele a partes iguales. Mi cabeza no para. No me concentro en el trabajo. Quiero ocupar mi mente y no me es posible. Necesito hacer algo.

Me entero de que una excompañera de trabajo no encuentra a su familia. Me envía notas de voz que apenas entiendo. Entre el llanto y la frustración, me cuenta lo que le pasa. Rompo a llorar. No lo puedo evitar. No lo puedo controlar.

Una de mis mejores amigas me cuenta que su hermano vive en La Guaira y que no aparece. Intento decir lo correcto, otra vez. No aprendo la lección: las palabras correctas no existen.

El día es largo. ¿No funciona el reloj?

Siguen los videos, las redes sociales, la información no para. La gente se organiza para ayudar. Hay esperanza. Siguen sacando personas con vida. Hay esperanza. Pero mi pecho sigue vacío. No encuentro paz.

Otra noche sin dormir. La comida me cae pesada en el estómago. ¿Cómo puedo comer cuando hay gente enterrada esperando ser rescatada? ¿Cómo puedo dormir cuando hay niños desaparecidos? Soy una egoísta. No valoro lo que tengo.

En la mañana, camino al trabajo, mi amiga me cuenta que apareció su hermano. Está herido, pero vivo y a salvo. La otra me cuenta que encontraron a su familia. Están a salvo.

Gracias, Dios.

Y vuelvo a llorar.

Esta vez el llanto pasa del agradecimiento a la indignación. Me frustra saber que en mi país están sufriendo porque no hay hospitales, porque no hay un gobierno que resuelva. Todo se lo robaron. Mi pueblo sufre y me lleno de odio y de ira. No es posible.

Estoy tan ensimismada en mis pensamientos que cruzo la calle sin darme cuenta. Me hace reaccionar una bocina. Afortunadamente, el carro venía lento, o me vio a tiempo y pudo frenar. Casi lo mando «a lavarse ese c…», pero veo el semáforo en rojo y caigo en cuenta de que no estoy en mis cinco sentidos. Le hago una seña, que espero interprete como una disculpa, y corro hacia la acera.

Empiezo a llorar.

Dios, gracias. Estoy viva.

Debo soltar el teléfono. Debo trabajar. Debo existir. Estoy en otro país, las cuentas no esperan. Debo seguir con el hueco en el pecho, con el alma en un hilo, con el corazón en mi país. Debo seguir. Fuerzas, necesito fuerzas, y otra vez me siento egoísta… me pregunto ¿qué siente la gente que está allí buscando a sus seres queridos? Me pregunto si hay algo que pueda calmar ese dolor. No lo sé, no tengo respuestas. Me siento egoísta por estar bien, estar viva y aun así, sentirme vacía y abrumada por todo a la vez.

Los venezolanos en cada país se organizan y recogen ayuda. Llega ayuda de otros países. Llegan voluntarios de todos lados. Siguen apareciendo personas con vida… Otra vez, el gobierno, en lugar de ayudar, empieza a entorpecerlo todo. Funcionarios policiales robando todo lo de valor que encuentran. No ayudan en nada; solo aflora su maldad, su miseria.

Me lleno de odio.

Y me pueden decir que el odio es un sentimiento malo y que, como cristiana, debo practicar el perdón. Pero, viendo todo esto, le doy la razón a la frase que dice que no odiamos lo suficiente al chavismo. No lo odiamos lo suficiente.

Más de 3 mil 300 muertos confirmados al día de hoy. No odiamos lo suficiente al chavismo.

Más de 16.000 heridos. No odiamos lo suficiente al chavismo.

Más de 12.000 damnificados. No odiamos lo suficiente al chavismo.

Cientos, miles de desaparecidos. No odiamos lo suficiente al chavismo.

Solo hay algo que me da confianza: somos venezolanos.

Los venezolanos somos la pepa del queso. Nos vamos a levantar. Siempre lo hacemos. Somos como la sonrisa de la niña Fabiana que apareció a través del hueco antes de ser rescatada: la felicidad de la esperanza. Somos la definición de la resiliencia, aunque ahorita estemos rotos por dentro.

«El chavismo entró con la vaguada de La Guaira y se acaba con el terremoto de La Guaira.»

Amén.

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