Esta es la historia de una pelota y la combinación extraordinaria que se dio para atraparla
Por: Rafael David Sulbarán. Le gusta el fútbol pero mucho más el beisbol
No sé a cuántos metros está Michael Lorenzen de mi puesto pero puedo ver sus movimientos completicos. Salvador Pérez le pide un lanzamiento que sale disparado de su mano derecha y reccore en menos de un segundo los 18 metros que separan la loma donde está montado Lorenzen hasta Salvador que lo espera con su mascota abierta. Es posible que la mayoría de las 24 mil y tantas personas presentes este día en el Daikin Park no hayan visto la pelota salir. De hecho, yo no tengo la visión o el recuerdo exacto. Es que siempre es muy difícil seguir con la vista a una pelota lanzada a más de 90 millas por hora.
Pero una cosa es la vista y otra el sonido. La velocidad sonora la puedes detectar más rápido porque es más lenta. Entonces con la ayuda de ese “paaack” que produce el bate de madera al chocar con la esférica fue posible que varios de los que estábamos allí ubicaramos la pelota cuando el bateador la conectó.
Yo soy uno de esos. Distingo la pequeña esférica blanca que sale impulsada por ese bate no sé a cuántas millas por hora: 80, 83 ú 87, qué se yo. Tal vez no es muy duro porque no se proyecta hacia el frente como un batazo inatrapable o un rolling por tercera base. De hecho creo que ese swing del bateador estuvo un poco perdido pero logró golpear la pelota de Lorenzen, pero hacia el lado derecho.
Suena el paaaak y luego de los microsegundos donde mi cerebro le ordena a mis ojos ayudado por los oídos que ubicara el origen de ese paaaak conseguí la trayectoria del objeto y solo tuve, no sé. uno, dos, tres segundos…y me levanto.
Producto “tico”
Todo aquel que conoce un poco de Costa Rica sabe que el béisbol no es un deporte muy popular allá. Son más bien conocidos por su fútbol, su presencia en mundiales y por ser animadores de la Confederación de Fútbol de Caribe (Concacaf). Pero nos equivocamos si pensamos que su relación con el deporte de Babe Ruth es nula porque adivinen: todas las pelotas que se usan en las Grandes Ligas son fabricadas allá. Sí, la pelota que tenía Lorenzen ese día es costarricense.
La empresa Rawlings se fundó en 1887 en la ciudad de San Luis, en el centro de los Estados Unidos. Se ha dedicado mayormente a producir productos de calidad (o al menos así dicen) y por eso en 1977 desplazó a Spalding como fabricante y proveedor de las pelotas de la Major League Baseball. ¿Pero por qué Costa Rica? Claro, como esto es un negocio rentable, la empresa vio por allá en 1987 que los costos de producción serían menores y se mudaron al país de la pura vida.
Entonces la ciudad de Turrialba en la provincia de Cartago, eso es más o menos por el centro oriente del país, fabrica las pelotas de la MLB bajo un proceso totalmente artesanal porque las 108 costuras de hilo rojo que unen esas dos capas de cuero blanco son hechas por manos humanas: manos ticas.
De allí es donde salen las 306 mil pelotas que van a ponchar a José Ramírez, las que van a explotar del bate de Nick Kurtz para un doble, o las que le van a dar el campeonato a los Dodgers (oh no, otra vez no).
Sí, leyeron bien, 306 mil pelotas usan en promedio los 30 equipos de la MLB, unas 10 mil 200 por cada uno. Esto indica que cada novena puede usar unas 60 o más pelotas por cada partido. Si lo multiplicamos por los dos equipos en un juego nos da 120 bolas.
Una misión complicada
Dicho esto, podemos hacer aquí un ejercicio que es muy obvio para todo fanático del béisbol: ¿cuál es una de las principales misiones cuando vas a un estadio a ver un juego? Una puede ser disfrutar del partido, claro. Otra puede ser comer algo sabroso y tomar una cerveza bien fría mientras miras a los jugadores correr. Pero hay una muy importante: agarrar una pelota.
Entonces pensemos que llegamos al Fenway Park de Boston y estás animado, casi seguro de que vas a atrapar una bola costarricense. Claro, debe ser fácil porque hay 120 ahí disponibles para ti totalmente gratis. ¿Suena a que tienes muchas oportunidades no? Pero no es tan fácil.
No sé si lo han intentado atrapar una, pero es que es bien difícil. ¿Por qué? Veamos: en cada partido de béisbol moderno se realizan en promedio unos 250 o 300 lanzamientos combinando los dos equipos. De allí, según datos de la Major League Baseball (MLB) citados por el movimiento Foul Ball Safety Now, se producen en promedio más de 50 fouls por juego y de esos, entre 25 y 40 van a parar a las gradas.
Entonces hay que tomar en cuenta esto: tú no estás solo en el estadio. Estás compitiendo con otros miles que tienen la misma misión en ese preciso momento: atrapar la bola…como sea. Entonces tomando en cuenta que eres uno entre esos miles las posibilidades de que tomes una pelota de foul no llega al 1 por ciento.
Pero si estás allí tendrás la oportunidad de llevarte una..con un poco de suerte. Y la mía llegó.
Volvamos a la escena del principio de este escrito: la pelota de Lorenzen bateada por alguien de los Astros de Houston (según mis cálculos fue Jake Meyer o Mike Dezenzo) viene hacia mí como una granada que puede explotar en cualquier momento. Al principio mi cerebro dudó, pero es posible que haya sido solo unos milisegundos porque así de la nada el instinto, las ganas de tener un regalo en ese momento, el beisbolero que llevo por dentro o simplemente ese joven que intentó agarrar una pelota en el estadio Víctor Davalillo de Cabimas (y que nunca lo logró), se apoderó de mi y…flaaaappp levanté la mano izquierda, así a la altura de mi cara y con la palma pelada como Omar Vizquel detuve esa pelota que venía echando fuego desde Turrialba y me dejó la piel hinchada y roja por varios días.
La sorpresa, la adrenalina, la emoción.
–Vergación agarré una pelota. Chamo, jajajaja agaré la pelota marico, vergación de arrecho.- grité.
-Vergación me duele la mano. Vergación qué molleja de bien, agarré una peloooootaaaaaaaa.- seguí gritando agitando la mano izquierda por el golpe y levantando la pelota con la derecha como si fuera un trofeo.
-Vergación marico esa pelota iba directo a mi cara y la paraste, de vaina y no me tumbó los lentes.- me dijo mi compadre Jesús que me acompañaba en ese épico juego y todavía se estaba acomodando sus gafas. Literalmente le salvé la vida.
-¿Are you OK?.- se me acercó una empleada de los Astros y me preguntó eso.–Yes, no problem, i’m pretty good, tengo una pelooootaaaaa.- contesté.
De bolas, cómo no voy a estar bien si acabo de agarrar una pelota que pasó por una de las 600 manos costarricenses, que viajó 3 mil 696 kilómetros hasta Houston, pasó por las manos de Salvador Pérez que se la tiró a Michael Lorenzen y este la devolvió a 90 mph para que saliera impulsada hasta mi mano izquierda con dos anillos en los dedos…qué bondadoso es el béisbol: felicidad pelota gratis.

