Dos historias de xenofobia y resiliencia en Chile

Por: Maigelith Serrada. Madre, esposa. Una venezolana en Chile.


“Los buenos siempre somos más”, es una frase sencilla. Quizás incluso parezca ingenua en tiempos donde las redes sociales amplifican los discursos de odio y donde las malas noticias parecen ocupar todos los espacios. Sin embargo, para miles de venezolanos que han emigrado durante la última década, esta frase se ha convertido en una convicción necesaria para seguir adelante.

La migración venezolana ha sido uno de los fenómenos humanos más importantes de América Latina en los últimos años. La Organización Internacional para las Migraciones estima que cerca de 8 millones de venezolanos han abandonado su país impulsadas por razones económicas, sociales y políticas, buscando algo tan básico como la posibilidad de construir un futuro para sus familias.

Detrás de cada cifra existe una historia. Detrás de cada pasaporte hay una madre, un padre, un hijo o una hija que dejó atrás una vida completa para comenzar desde cero en un lugar desconocido.

Y comenzar desde cero no es sencillo. Implica aprender nuevas costumbres, adaptarse a nuevas normas, aceptar trabajos muy distintos a aquellos para los que se estudió durante años y en muchos casos, enfrentar prejuicios por el simple hecho de haber nacido en otro país. Pero también significa descubrir algo maravilloso: que la inmensa mayoría de las personas son capaces de tender una mano cuando alguien lo necesita.

Porque sí, la xenofobia existe, pero también existe la solidaridad y muchas veces, la segunda termina siendo mucho más fuerte que la primera.

Niurka llegó a Chile como muchos venezolanos: cargando sueños, incertidumbres y una enorme disposición para trabajar.

Es una profesional preparada, con experiencia, estudios y una trayectoria que la respaldaba. Sin embargo, como ocurre con muchos migrantes, tuvo que desempeñar diversos trabajos mientras buscaba una forma de reconstruir su proyecto de vida.

Su pasión siempre había sido la gastronomía. Poco a poco comenzó a desarrollar un emprendimiento de catering con pequeños eventos familiares, celebraciones íntimas y reuniones reducidas. Cada cliente satisfecho representaba una nueva oportunidad.

Hasta que llegó lo que parecía ser un gran paso: una clienta la contactó a través de Instagram interesada en contratar sus servicios para un evento de aproximadamente sesenta personas. Quería una mesa de postres, canapés salados y una propuesta tipo brunch.

Para Niurka aquello era enorme, el tipo de oportunidad que podía impulsar su emprendimiento hacia una nueva etapa. Se puso manos a la obra. Como aún no contaba con todo el mobiliario necesario, coordinó préstamos con colegas y buscó apoyo para garantizar que el evento se desarrollara de forma impecable.

Las conversaciones con la clienta avanzaron positivamente. Finalmente acordaron reunirse un viernes a las diez de la mañana en un café para cerrar el contrato. Niurka preparó una elegante caja de degustación. Incluyó canapés, montaditos, dulces y distintas preparaciones que reflejaban la calidad de su trabajo. Quería que la clienta pudiera probar cada detalle antes de tomar una decisión definitiva.

Ese viernes llegó temprano a la cita y pidió dos cafés. Se sentó. Ordenó cuidadosamente la caja de degustación. Envió un último mensaje de confirmación. Cinco minutos después recibió una llamada de su clienta.

-Hola, Juanita, ya te estoy esperando. – Respondió

Lo que escuchó a continuación la dejó inmóvil.

-¡Ha! No sabía que eras venezolana. Disculpa, pero ya no me interesa tu trabajo. Yo estaba buscando otra cosa. Prefiero darles espacio a los míos antes que a ustedes, que vienen a invadir mi país. Disculpa por hacerte perder el tiempo. Adiós.

La llamada terminó. Minutos después estaba bloqueada tanto en WhatsApp como en Instagram. Niurka permaneció sentada frente a los dos cafés inmóvil. Frente a la caja de degustación que había preparado con ilusión. Frente a una realidad que jamás imaginó vivir.

Aquella mujer nunca probó uno solo de sus productos. Nunca evaluó su calidad. Nunca le dio la oportunidad de demostrar quién era. La juzgó únicamente por su nacionalidad.

Aunque ha pasado el tiempo, Niurka todavía recuerda ese momento, no por el dinero perdido, no por el contrato frustrado, lo recuerda porque fue una de las pocas ocasiones en que alguien decidió verla primero como extranjera y después como persona.

Sin embargo cuando Niurka cuenta esta historia siempre agrega algo más. Dice que esa experiencia no define a Chile porque después de aquello llegaron más clientes chilenos que la trataron con cariño, respeto y admiración. Fueron personas que recomendaron su trabajo, que celebraron sus logros que confiaron en ella y en su trabajo. Chilenos que demostraron que la intolerancia de unos pocos jamás puede representar a una sociedad completa. Precisamente ahí es donde nace la esperanza.

La historia de Rocío es distinta, pero comparte el mismo punto de partida. Llegó a Chile en 2017 buscando oportunidades. Tenía experiencia administrativa, conocimientos y muchas ganas de trabajar. Además, tenía una responsabilidad enorme: una pequeña hija de apenas tres años que dependía completamente de ella.

Conseguir empleo no fue fácil. Las entrevistas se acumulaban. Las respuestas no llegaban. Asistió a más de 40 entrevistas en un mes. La esperanza se perdía.

Hasta que finalmente apareció una oportunidad en una empresa de recursos humanos. Le ofrecieron un sueldo de 450 mil pesos al menos, unos 482 dólares. No es mucho pero aceptó inmediatamente porque ecesitaba trabajar.

Durante las primeras semanas hizo todo lo posible por destacar. Llegaba puntual cumplía sus tareas. Aprendía rápidamente. Aportaba más de lo que le solicitaban.

Pero había algo que no funcionaba. Su jefe constantemente le recordaba que era extranjera y lo hacía de manera despectiva. Cada error, cada duda o cada diferencia cultural terminaba acompañada de la misma idea: ella no sabía porque venía de otro país.

Aún así, Rocío continuó esforzándose. Creía que con trabajo y resultados podría ganarse el respeto que merecía.

Cuando llegó el primer sueldo se llevó una sorpresa: en lugar de los 450 mil pesos prometidos, recibió apenas 330 mil. Preocupada, preguntó qué había ocurrido y la respuesta fue desconcertante: le habían descontado los sábados y domingos porque no los había trabajado.

Ella intentó explicar que aquello no correspondía pero la respuesta recibida fue: “es la ley. Día que no se trabaja no se paga”.

Rocío tenía RUT chileno, había ingresado legalmente al país y tenía permiso de trabajo, sin embargo nunca le habían entregado contrato.

Al mes siguiente llegaron nuevos descuentos. Esta vez también incluyeron feriados y nuevamente apareció la misma explicación: “es la norma“.

Durante meses soportó la situación, no porque estuviera de acuerdo, sino porque sabía lo difícil que había sido conseguir ese empleo. Porque muchas veces los migrantes sienten que no tienen derecho a equivocarse, que deben soportar más que otros para demostrar que merecen una oportunidad.

Pero un día decidió informarse. Leyó la legislación laboral chilena y buscó asesoría por lo que comprendió que sus derechos estaban siendo vulnerados y decidió reclamarlos.

La reacción de su jefe fue brutal: gritos, insultos y objetos lanzados al suelo.

Ese fue un intento de intimidación que terminó convirtiéndose en la confirmación de que debía irse. Se fue. Con miedo con incertidumbre, pero también con dignidad.

Diez días después encontró un empleo completamente diferente en un lugar donde su jefe era una mujer y valoraba su trabajo. Donde sus compañeras construían una verdadera comunidad y el respeto no dependía del país de origen. Donde las personas eran evaluadas por sus capacidades y no por su nacionalidad. Ese trabajo cambió su vida y también le recordó algo importante: no todas las experiencias son iguales. No todas las personas son iguales. No todas las historias son iguales.

Cuando se habla de migración suele hacerse desde las estadísticas. Se habla de números, de porcentajes, de políticas públicas, economía y todo eso es importante claro, pero existe una dimensión humana que con frecuencia queda invisibilizada. La historia del profesional que hoy limpia habitaciones de hotel, la de la ingeniera que trabaja en una cocina, el abogado que atiende una caja registradora, la enfermera que cuida adultos mayores mientras espera validar su título. No porque esos trabajos sean menos dignos, todo trabajo digno merece respeto, sino porque detrás de ellos existe una enorme capacidad de adaptación y sacrificio qué merece ser correspondido.

Muchas personas migrantes aceptan empleos que jamás imaginaron realizar porque entienden que reconstruir una vida requiere paciencia. Empiezan desde abajo, aprenden nuevamente, se reinventan y lo hacen con la esperanza de ofrecer una mejor calidad de vida a sus familias.

La inmensa mayoría de los venezolanos que han emigrado no salió de su país buscando privilegios, salió buscando oportunidades estabilidad, seguridad, futuro…y lo hace con una disposición admirable para trabajar y aportar.

Y los buenos somos más.

Las historias de Niurka y Rocío muestran una realidad incómoda: la xenofobia existe. Negarlo sería irresponsable. Existen personas que rechazan a otros por su nacionalidad, empleadores abusivos, discursos discriminatorios, prejuicios, desinformación.

Pero también existe otra realidad. Una mucho más amplia, la de los vecinos que ayudan, los compañeros que enseñan, los jefes que confían, los amigos que acompañan, las personas que entienden que la nacionalidad no define el valor humano.

Porque por cada experiencia dolorosa suele haber decenas de experiencias positivas. Por cada puerta que se cierra aparecen otras que se abren. Por cada gesto de rechazo surgen muchos más gestos de solidaridad y esa es una verdad que miles de migrantes conocen perfectamente.

Quizás el mayor desafío de nuestras sociedades sea aprender a mirarnos más allá de las etiquetas, más allá de los acentos y los pasaportes, más allá de los prejuicios. Porque antes de ser venezolanos, chilenos, colombianos, argentinos o peruanos, somos personas que trabajan que sueñan, que aman, personas que también sufren y buscan oportunidades.

Que intentan construir una vida mejor.La migración no es una amenaza, todo lo contrario, es una oportunidad para todos y es una historia profundamente humana.

Cuando somos capaces de verla desde esa perspectiva, descubrimos algo fundamental: el problema nunca ha sido la nacionalidad, el problema siempre ha sido la falta de empatía.

Por fortuna, la empatía sigue siendo mucho más abundante de lo que a veces creemos, por eso vale la pena recordar una vez más aquella frase que tantos migrantes repiten para seguir adelante: Los buenos siempre somos más.Y mientras eso siga siendo cierto, siempre habrá esperanza.