¿Pueden más las ganas de comer pan con jamón y queso que el temor de ser atacado con un cuchillo? Esta es una aventura de vida o muerte con un final sabor a pan salado y chicha
Por: Rafael David Sulbaran. Periodista. No quiere comer tanto pan. Pero si es pan francés no hay problema.
Cuando mamá decía: “Rafael, andá pa’ la panadería”, me emocionaba y me asustaba al mismo tiempo. Solo pensar que dentro de pocos minutos podría estar degustando un delicioso pan francés con una rebanada de queso blanco, una de jamón, con mayonesa y salsa de tomate acompañado con un vaso de chicha me empujaba a salir corriendo para agarrar los cobres y emollejarme a la panadería. Pero allí mismo un raro temor me paraba en seco y me hacía reflexionar: “Ya va, ¿cómo coño hago para llegar a la panadería si no puedo pasar por la casa de Yoangel?” Por eso se me quitaban las ganas (de ir, más no las de comer).
Yoangel no es su verdadero nombre, solo que lo cambio para evitar que alguien por ahí se sienta aludido. Resulta que este chamo era un personaje complicado, uno de esos “futuro azote de barrio” que van creciendo en la comunidad. Era contemporáneo con mi hermano Daniel y conmigo. Por aquella época, al principio de la década de los noventa, tendría unos diez u once años de edad más o menos. Vivía muy cerca de nosotros, de hecho su cuarto prácticamente daba para el frente de la casa nuestra, la número 7 de Punta Icotea, en Cabimas. Era parte de una familia que reside aún en ese callejón que se cruza con la calle San José y que forma parte de lo que se conoce como “La colonia inglesa”, un mini sector que forma parte del barrio donde a principios de siglo, con el auge petrolero, se instalaron familias provenientes de Trinidad y Tobago. En “La Perla Negra”, así le decían, las casas tienen un aspecto particular, son de estilo estadounidense con una influencia inglesa, claro, y muy al estilo de la arquitectura que se ve en ciudades como Nueva Orleans, en Estados Unidos. Son de madera construidas sobre pilotes para protegerse de las inundaciones típicas de zonas pantanosas como la de Punta Icotea. Su material es de pino, envenenadas con petróleo. Al día de hoy sobreviven unas cinco casas que dan el frente de la avenila El Muelle, la que pasa por el lado derecho del Centro Comercial La Fuente y que va a parar al boulevard.
El origen del temor
Ajá pero ¿por qué tenía miedo de pasar por la casa de Yoangel? Pues les cuento que una vez fuimos al cumpleaños de un vecino llamado José Luis que le decíamos “Ácido”. Era un buen panita nuestro parte del grupo que siempre salía a jugar el escondido, fusilado, o cualquier juego de alto riesgo que reinó en nuestras infancias. Vivía a unas cuatro o cinco casas de la nuestra, donde José Domingo, un personaje popular que vendía refresco, cervezas y tenía una rocola vieja en el patio.
La fiesta fue allí justo al lado de un camino conocido como el callejón de “Los Mundo”, una vereda de tierra y piedras rodeado de matas y casas de los años 40 donde una placa de metal anuncia que allí vive la “Familia Mundo”. Este espacio es un atajo muy eficaz para ahorrar camino y llegar al Centro Cívico o cualquier parte cercana al boulevard costanero. Por eso mucha gente en Cabimas sabe donde viven los Mundo.
Pero bueno, continuando con la fiesta de Ácido y el origen de la cagadera, les cuento que estábamos jodiendo, jugando como coñitos todos pues, no recuerdo si al tocaíto o con alguna pelota todos los niños de la calle San José. Yoangel no había dejado de molestar a Daniel José, mi hermano mayor. Le daba empujones, le daba cariacos, le sacaba el ratón y lo retaba a pelear. Era una verdadera molestia el coñito.
Por eso, en un arrebato de rabia en medio del juego Daniel tomó una piedra y la lanzó con todas sus fuerzas. Esta pegó en el techo del Ford Maverick de José Domingo y saltó directamente en la cabeza de Yoangel.
–¡Aaaayyyyy, aaaahhhhh, me pegaste una pedrá!, gritó Yoangel que tenía un chichote con sangre. Se armó el despelote.
–Yo no fui, yo no fui.- dijo nervioso Daniel que salió despavorido y esmollejao para la casa a refugiarse.
Todos los niños en la fiesta quedamos confundidos y alterados, con la adrenalina a mil. Pero se acabó la fiesta y nos fuimos todos. “Cinco minutos después”, como cuenta mi madre Carmen Inés, media Punta Icotea estaba en el frente de la casa buscando venganza.
-Salí coño e’ madre, salí que le rompiste la cabeza al coñito- gritaba una tía Yoangel.
Mamá salió para calmar a las cuaimas que siguieron formando su verguero allí, casi que buscan antorchas como en la época de la inquisición. Pero mamá no estaba sola. Tenía el refuerzo de nuestra vecina del lado: Cecilia, cuyo gañote bestial ahuyentaba a quien sea. Sus hijas Joana y Joseli se unieron a nuestro equipo para espantarlas. Papá también salió a dar la cara con los reclamos en auge y la pobre cerca de la casa casi que la arrancan. La vaina terminó con puras amenazas y una advertencia letal: “Si tu hijo llega herido y golpeado ya sabéis por qué fue”, dijo una de las tías del susodicho, respaldada por la muchedumbre que aún estaba enardecida.
¿Y ahora?
Cuando pensamos que la vaina ya se había acabado, que eran cosas de muchacho y al otro día se le iba a olvidar todo al muchachito, vimos algo que lamentablemente es común en nuestras ciudades de Latinoamérica: un menor de edad con un arma blanca.
Una tarde Daniel se dirigía a la panadería Santaniello que estaba a solo una cuadra de la casa, (la actual está en la Avenida Universidad), mientras pasaba frente a la puerta de Yoangel, este le mostró un puñal amenazante insinuando que lo iba a joder. Levantó su mano derecha varias veces y simuló en el aire que lo acuchillaba.
Paticas pa qué te tengo, Daniel llegó a la casa más blanco que la chicha que iba a comprar y nos contó lo que pasó. Por algunos días no nos asomamos a jugar en la calle por el temor de ser atacados. Daba terror pensar de que en una salida hacia el transporte de la escuela apareciera con su cuchillo a jodernos. Hablo en plural porque imagino que yo estaba incluido en la amenaza al ser testigo directo del hecho y ser el hermano. Incluso creo la cosa se extendía a nuestros vecinos Neomar y Nené que defendieron a Daniel durante el altercado.
Toda esta penosa situación planteó otro problema serio: ¿quién iría a la panadería a comprar pan, jamón, queso, chicha y jugo de naranja pasteurizado? Mamá se hizo cargo de eso por un tiempo, pero cuando se cansó le empezó a decir a Daniel, pero como él es el mayor, me mandaba a mi. Yo no podía decirle a Rodolfo, mi otro hermano, porque él estaba muy pequeño. Estoy jodío.
Y allí llegaba el dilema que planteé al principio de este texto: ¿Pueden más las ganas de comer pan con jamón y queso que el temor de ser atacado por Yoangel?
La fuerza de los panaderos colombianos que hacen pan francés en pleno centro de Cabimas pudo más. Siempre la comida gana, los pancitos dulces con mayonesa, queso blanco y jamón siempre van a llevar la delantera, todo el tiempo van a sacar lo mejor de uno por obtenerlos.
En consecuencia, ante la interrogante atemorizante y la posibilidad de morir en el intento de ir a comprar el sublime trigo se nos ocurrió una cosa: “no pasemos por el frente de la casa de Yoangel pero igual compraremos el pan en la Santaniello”. ¿Cómo? En vez de agarrar la callecita de la colonia inglesa, hacia la izquierda, demos la vuelta a la cuadra, saliendo por la derecha, pasando por las casas antiguas tipo palafito y giremos a la izquierda para llegar a la panadería. Santo remedio.
Pues así lo hicimos. Dábamos la vuelta, tardamos unos, no sé, cinco o siete minutos más quizá, recorríamos unos 50 ó 100 metros adicionales, pero valía la pena. Evitábamos ser atemorizados por Yoangel y veníamos con 100 de pan salado, 100 de pan dulce, 100 de queso, 100 de jamón, un litro de chicha y un litro de jugo de naranja pasteurizado, traíamos vuelto, terminábamos con el estómago y el corazón contento por esa cena espectacular sin lujos pero con un sabor divino, un sabor nuestro.
Dios mío quiero pan con jamón y queso, pero zuliano, cabimero y de esa panadería.
Yo me comía cuatro panes. ¿Y vos?
La ñapa
- Ya cuando estábamos más grandes me atreví a pasar de nuevo por la calle de la colonia y evitarme el polo de dar la vuelta. Fue como en 1997, cuando yo tenía 15 años.
- No recuerdo haber visto más a Yoangel.
- Sí recuerdo es a una catirita bien bonita en una casa vecina, por eso me animaba a pasar por la colonia.
- Durante un viaje que hice a Venezuela luego de emigrar, visité la casa de Yoangel porque allí vive una amiga de mi papá (amigos ahora, en ese entonces no tanto).
- No sé que es de la vida de Yoangel. Ojalá se le haya olvidado usar el cuchillo.
- Tengo años sin comer pan francés y pan dulce con jamón y queso. Es urgente.
- Quiero tomar chicha de aquella (Carabobo, Los Andes o la que sea). También es urgente.

