Soñar, andar, cruzar: Aprendiz de chalán

Presentamos una nueva serie de crónicas sobre migración. Son personas que marcan diferencia en los EEUU. Hoy tenemos la historia de Roberto contada a través de la mirada de Alejandro, dos migrantes en un ambiente laboral con origenes distintos pero un objetivo en común.

Las escaleras se mueven, parecen una gelatina roja que acaban de servir. El crujido y el movimiento hacen del momento algo incómodo, se siente inseguro al pisar pero Alejandro debe seguir a buen paso, no puede alejarse de su jefe Daniel en los primeros minutos de su nuevo trabajo donde hará una tarea de la que no tiene ni la más pequeña idea.

En cada paso la incertidumbre de pensar si va a poder hacerlo bien crece y crece. Sube el último escalón, gira a la derecha y el olor a madera se hace fuerte y se inserta en su cerebro como un recuerdo que no se borrará. Las tablas cruzadas, el ruido de engrapadoras y martillazos, los pasos acelerados, el frío con viento y mucha gente hablando le dicen: así se trabaja acá y pasará a la memoria como su primer día de trabajo en los Estados Unidos.

Está en medio de la construcción de un conjunto de apartamentos, esas famosas cajas de palitos estadounidenses y Alejandro será el chalán. ¿Y qué es un chalán? Es el ayudante de un carpintero, un albañil o constructor. Es una palabra de origen mexicano que Alejandro no conocía hasta ese día, a esa hora, en ese momento se enteró de cuál sería su labor.

Entre las instrucciones aceleradas de Daniel junto a las risas ruidosas de Roberto, el albañil principal a quien asistirá, entiende qué es lo que se debe hacer, o al menos eso cree. Esa primera misión consiste en levantar unas hojas de “Drywall” o “sheetrock”, esa placa de yeso mezclado con cartón que se usa para armar paredes o techos en las construcciones modernas. Hay que moverlas de un lado a otro. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete pasos, para ubicarlas en un sitio que donde no estorben.

Roberto es quien levanta primero las hojas dirigiendo el camino. Su tranquilidad transmite confianza, algo que Alejandro necesita. Su conversación animada y su risa de chamo joven le hacen recordar tal vez a un amigo que se reencuentra en su primer día de clases.

–Tranquilo, chico que acá la construcción no es como en Venezuela o Colombia, es más relajado. Este trabajo no es tan fuerte, no es pesado, así que no te preocupéis demasiado, sin rollo.-  dice Roberto antes de comenzar. Igual Alejandro no sabe cómo es la construcción allá en Latinoamérica.

El peso del sheetrock desmintió un poco a Roberto. Esos 70 kilos se concentraron en su muñeca y empezaron a molestar en su espalda.

–Ojalá que aguante las manos y que el talón no eche más broma.- piensa Alejandro.

Pero, como dicen por su casa: “Alejandro le echa bolas”, tiene ánimos y esas primeras horas le dejan ver que Roberto tiene algo de razón: en realidad el trabajo en la construcción no es tan difícil como se lo habían descrito, al menos por ahora.

Talón y espalda tranquilos, la muñeca derecha no tanto.

Se va sintiendo más cómodo con el pasar de los minutos, sin embargo ese no es su ambiente natural. Alejandro es sociólogo, docente de ciencias sociales. Es un hombre de letras y libros. En Venezuela, su país de origen, luchó para graduarse en la universidad, pero desgraciadamente su proceso se vio interrumpido en varias oportunidades por paros de docentes que alargaron su estancia entre las paredes de la Universidad Central de Venezuela. Pero bueno, al final logró sacar la licenciatura para poder trabajar “para servir de algo”, según le decía su papá.

Levanta un segundo sheetrock y piensa que quizá la última vez que cogió algo pesado fue el escritorio de su salón de bachillerato. Roberto le interrumpe porque no para de hablar y eso hace que la mañana pase más rápido. Alejandro le sigue el ritmo. El hecho de que sean del mismo país les conecta. Incluso tienen algunas amistades en común. 

–Claro chamo, yo conozco a Hermes, ese loco hacía desastre en las discotecas de Ciudad Ojeda, dice Roberto mientras le entrega a Alejandro unos guantes que se encontró tirados en el suelo junto a muchos pedazos de madera, aserrín, clavos y botellas de plástico en el pasillo de lo que se convertirá en un semi lujoso conjunto de apartamentos en una ciudad del centro/sur de los Estados Unidos.

Roberto es muy joven, tiene 24 años y tampoco es un constructor consumado, pero al menos tiene experiencia en esa área. Ocho meses atrás, completó la travesía de su vida: cruzar el tapón del Darién para llegar a los Estados Unidos. En ese intercambio de palabras entre esos transportadores de sheetrock, cada uno iba conociendo su origen y cómo llegaron allí.

-¿Cuándo llegaste vos?, pregunta Roberto.

– Yo llegué hace dos meses apenas. Vine por una invitación que me hizo una universidad a un congreso y bueno, decidí quedarme. 

– ¿Ah o sea que llegaste por avión?

-Sí, llegué cómodo, tranquilo sin problema con una visa. Eso sí, me vine súper corto, solo con el dinero para dos meses, por eso estoy trabajando aquí.

-¿Y tú cómo llegaste? ¿Tienes tiempo aquí?

-Vaina yo me vine por la selva con mi familia. Me lancé ese polo desde Colombia. Llegué hace ocho meses casi.

-Wow ¿de pana atravesaste la selva? Debió ser una locura completa.

Y sí, lo fue. En ese intercambio de palabras Roberto se desparrama a contar su historia. Nueve meses antes, Roberto con su esposa Jade, pensaban en el futuro inmediato. La ciudad de Pereira, en Colombia, fue su hogar los últimos tres años. No les fue mal, él trabajó en la construcción y como repartidor de comida con su moto propia. Ella trabajaba en una empresa de telas. Su pequeña, nacida en Colombia, pudo asistir a la escuela y tiene doble nacionalidad. En fin, llevaban una vida relativamente tranquila, con estatus regular pero ellos sentían que algo les faltaba.

-Colombia dio lo que nos tenía que dar, ya cumplió su ciclo, dice Roberto cuando terminaba de bajar el último sheetrock del pasillo.

Una llamada de Daniel, el jefe mexicano, interrumpe la conversación y les cambia de misión. Roberto conversa un rato por teléfono.

-¿Qué pasó?, ¿qué dice el Daniel?,- pregunta Alejandro.

– Nada, tenemos que pasarnos al building C para cortar sheetrock, -responde Roberto.

Alejandro queda expectante, un poco asustado con la nueva encomienda, pero bueno, toca. Mientras camina hacia el cuarto piso del otro edificio piensa que jamás imaginó trabajar de esa manera, sobre todo a su edad. Quizás a sus 38 años se imaginó ser jefe de cátedra de la universidad donde trabajó o quizá director del colegio donde también era profesor fijo. Pero la persecución que sufrió al ser miembro de un partido político y de formar parte de la generación de estudiantes que se rebeló en contra de Hugo Chávez y su gobierno le trancó muchas puertas.

Aunque no se queja porque pudo desarrollar una carrera medianamente exitosa y ganarse la vida con ello. Pero llegó un momento en que no podía con la economía a pesar de que tenía dos trabajos. Hubo tres o cuatro días donde no tuvo para comprar comida y por eso decidió salir como un loco.

Entre barro de la lluvia de hace dos días, agua regada, piedras, escombros y madera tirada, Roberto y Alejandro llegan al edificio C. La nueva encomienda trata de cortar hojas de sheetrock en pedazos de 12 pulgadas cada uno, para luego atornillarlas en columnas de madera que sirven como base a las futuras paredes de cada apartamento.

-¿Para qué se pegan esos pedazos allí?,- preguntó Alejandro.

–Le hice la misma pregunta a Daniel y no me supo responder, pero supongo que es para que en caso de que se prenda un incendio no se expanda,- contestó.

Roberto lo dudó un poco pero sus palabras son ciertas ya que esos pedazos de drywall se distribuyen en cuatro partes de cada división con el apartamento vecino, separadas por un espacio de 10 pies, con el motivo de evitar que el fuego, de llegar a prenderse alguna vez, queme todo. Esto también ayuda a contener el ruido entre otras unidades y ayuda a estabilizar el edificio.

Comenzaron a cortar. La dinámica consistió en dividir en cuatro partes iguales una sola hoja de sheetrock. Primero se marcan usando una guía y un lápiz. Seguidamente con una navaja o un exacto bien afilado pasando la hoja por encima de las líneas trazadas, se separan y listo. Ya cortadas las apilaron a un lado.

Ahora toca instalarlas. Alejandro le miraba detallando cómo lo hacía. 

-Tenéis que medir cada uno, el que va arriba, el que va abajo y cortar. A veces no es necesario picarla sino atornillarla entera,- le explicó Roberto.

Esa pequeña clase de corte de hojas de yeso se combinaba con su historia de viaje ya que Roberto no paraba de hablar.

-Yo estaba tranquilo en Colombia como te comenté, ya estaba un pelo más estable luego de vivir un año entero en Perú. Yo salí de Venezuela muy chiquito, apenas tenía 19 años, y pues andaba de loco por mi cuenta, -expresó mientras medía y cortaba un poco más con una navaja la hoja de drywall.

Roberto emigró desde Venezuela primero a la ciudad de Medellín, en Colombia. Allí empezó a trabajar en la construcción. 

–Allá es muy diferente y se gana malísimo, pero aprendí bastante, recordó.

Luego de un año, alentado por su compadre, decidió viajar en autobús hasta Lima, Perú. Allí se quedó otro año con trabajos ocasionales como vendedor y otras cosas. Se aburrió y regresó a Colombia, pero esta vez a la ciudad de Pereira, en el eje cafetero.

–Allí me quedé tranquilo, dejé de andar de loco por ahí tomando y de rumba, dice soltando una carcajada. 

Roberto se refiere a que conoció a Carol, su esposa. Luego del nacimiento de su hija, sus prioridades cambiaron. Ya pensaba en el futuro, pero fue Carol quien le presentó la idea:

–Amor, me voy a Estados Unidos por el Darién.

Roberto quedó mudo, pero al rato le dijo: “OK, está bien. Te puedes ir sola y yo luego te alcanzo”. Así pasó, Carol arrancó junto a un grupo de la misma ciudad. Llegaron hasta la población de Necoclí, en Antioquia, el primer punto del viaje hacia la selva. 

-Pero allí ella se sintió incómoda porque varios de los que viajaban con ella se dieron cuenta que llevaba algo de dinero y empezaron a molestarla para que les diera algo. Eso le molestó mucho y ya no se sentía tranquila. Pensó que la iban a robar.

Por eso Carol regresó a Pereira en su primer intento. Pero muy pronto lo haría de nuevo, esta vez con todos.

-Rendy, un amigo zuliano que también vivía en Pereira, se fue por la selva y pudo entrar sin problemas a Estados Unidos. Entonces un día le pregunté cómo era y me dijo: “hermano sí usted se va a venir, véngase con su familia no le paréis bola a la gente que te va a criticar siempre”, y así hice porque aquí estoy.

Entonces tal cual sin pararle pelotas a los comentarios negativos vendió todo y reunió los 600 dólares iniciales para el recorrido por el tapón del Darién.

Acá hacemos una pausa en el relato para contarles de qué se trata esta selva.

Pues, el tapón del Darién o Selva del Darién, es un pedazo grandísimo de tierra que divide a Colombia con Panamá. Comprende el municipio del Darién, en Panamá y el departamento colombiano del Chocó. Pero todo en sí, sus 5790 kilómetros, comprenden la región del Darién, fundada en 1846 en la República de Nueva Granada, como se llamaba antes Colombia.

Ese espacio está comprendido por una selva tropical con montañas que se llegan a elevar a 1800 metros por encima del nivel del mar. Hay muchos ríos, una vegetación tupida y tiene un clima húmedo bastante incómodo. Llueve mucho, por eso se convierte en un problema para el que la quiera transitar.

El apodo de tapón lo tiene bien puesto ya que la selva es tan apretada allí que la Carretera Panamericana, una enorme vía que une a todo el continente desde la región de Ushuaia en Argentina con el norte de Canadá y Estados Unidos en Alaska, solo ve interrumpidos sus 17848 kilómetros de longitud precisamente allí en el Darién. Son 130 kilómetros que no pudieron construir.

Ahora regresemos a la historia.

Entonces Roberto, Carol y la niña viajaban con dos personas más cuando llegaron a Necoclí, el pueblo costero de la región de Antioquia, donde se había devuelto Carol la primera vez. Allí tomaron una lancha y llegaron a Capurganá, en los pies de la selva. 

-No pudimos recortar por Carreto porque el acceso estaba cerrado.-, cuenta Roberto mientras ajusta la navaja de cortar.

Carreto, es un pueblo que está ubicado más al norte, en plena costa panameña. Los viajeros del Darién aseguran que tomando una lancha desde Necoclí hasta allí se ahorran por lo menos cinco días de camino por la selva, unos mil kilómetros de recorrido. 

Por eso Roberto con su familia estuvo siete días atravesando la selva. Tomaron el camino más largo y peligroso. 

-Esa verga es de película bro. Ahí no se mete cualquiera, ahí debéis tener el valor y los cojones bien puestos y los ovarios también porque mi mujer y mi niña guerrearon bastante.-

-¿Y no te dio miedo antes de salir por ahí? ¿No consideraste que hay personas que han muerto en el camino?,- le preguntó Alejandro.

-Muertos vi, varios. Uno estaba tirado en la orilla de un río, ya tenía varios días ahí. Ese en particular me quedé mirándolo porque se veía que no era una persona vieja. Me dio mucha cosa e intentaba que mi bebé no se diera cuenta. Por eso no me detuve mucho a mirar a los muertos y trataba de no pensar en eso, decía que no podía pasarnos nada malo porque estábamos juntos. Nuestro grupo se hizo grande. 

Y bueno, según sus palabras lo único malo que le sucedió fue que se le hinchó la rodilla. Ah y otra cosa fue que se le perdió su esposa Carol. No supieron el uno del otro por una hora y tanto, pero fue justo antes de llegar al campamento que daba por culminado el recorrido.

-Ya habíamos pasado lo peor, casi completamos los siete días en la selva, solo nos faltaba como una hora para llegar. Mi esposa iba alante porque iba más ligera de peso. Yo cargaba a mi hija y llegó una división en la ruta, yo tomé la más lenta sin saberlo y me retrasé bastante. Mi esposa llegó al primer campamento y casi regresa a buscarme por el desespero. Pero yo iba tranquilo, recontra cansado pero concentrado en caminar. En el último cruce del río había un mono y ese desgraciado mono gritó buuuuaaaaahhhhh, me asustó, casi camino encima del agua por la carrera que pegué, salí esmollejao,- cuenta entre risas nerviosas.

Al llegar al campamento el agotamiento era extremo.

-No era capaz de pararme, no tenía fuerzas para caminar. Dormimos tranquilos. En el campamento Los Abuelos, todavía en tierra panameña. Roberto estaba recontra cansado pero tranquilo porque el tramo más difícil del viaje ya estaba completado. Pero todavía no había llegado a su destino.

Mientras Roberto le cuenta su travesía por Panamá, Alejandro se siente afortunado. Esa tierra panameña la vio desde el avión que cursó los aires en poco más de una hora. Claro, hay muchas maneras de emigrar, y todo paso es duro, pero caminar siete días y luego atravesar seis países y entregarse en la frontera es una historia bastante complicada.

Sí, todo fue muy difícil pero Roberto es un hombre con buen ánimo y buen sentido del humor y cuenta su historia de una manera muy natural así como si fuera una anécdota más.

Se les acabaron las hojas así que volvieron a uno de los futuros apartamentos donde estaban apiladas para seguir cortando. Roberto mide y saca la navaja. Alejandro le sostiene la hoja y una vez cortada, la pone encima del montón. Una tras otra. Deben cortar como 60 hojas así que tienen mucho tiempo para seguir hablando de la aventura en la selva.

-Cuando llegué al campamento ya no podía caminar, tenía en tobillo que se me iba a reventar y como tres mil ampollas.

Roberto se encontró con Carol que pudo respirar tranquila luego de esos minutos de angustia. Los llevaron para un campamento de la Organización de las Naciones Unidas, un sitio donde decenas de carpas atienden a los recién llegados. Les dieron comida, pudieron descansar un rato y recibieron atención médica primaria. 

Allí no estuvieron mucho tiempo ya que llegaron temprano en la mañana. Por eso luego del descanso salieron a tomar un bus que los llevó a la frontera con Costa Rica. Pasaron dos días antes de que pudieran cruzar. Desde allí no volvieron a descansar en una cama, les tocó dormir todo el tiempo en buses. 

-Lo hicimos así para ahorrar dinero y llegar más rápido a México.- recordó.

Roberto cuadró desde Colombia toda la travesía y eso incluyó el pago respectivo en cada estación. En Guatemala fue extorsionado por los mismos policías. También en Honduras se consiguieron con un funcionario que les quiso cobrar algo extra aparte.

-Todo esto es un negocio completo y debes ir preparado con dinero extra para ese tipo de situaciones. Ese policía hondureño se quedó pegado con nosotros no sé por qué, creo que le llamó la atención mi esposa. La seguía con la mirada todo el tiempo y se notaba que buscaba algo más. Nos cobró 50 dólares aparte y tal vez no esperó que yo se los diera. Quizá cuántas veces ha obtenido mujeres de esa manera. Yo me sentía impotente sin poder denunciar nada. Tuve que pagar y salir huyendo de allí.- 

Al recordar este momento hizo varias pausas en sus cortes de sheetrock. Se puso incómodo.

-Provocaba caerle a coñazos.

-Si quieres dejamos la conversación hasta aquí.- dijo Alejandro.

-Dale pues, no hay problema. Disculpá, es que cada vez que recuerdo ese día me pongo mal por todas las vainas que uno pasa.-

La pausa llegó en buen momento porque era el tiempo de almuerzo. Alejandro tenía su vianda con arroz, carne molida, un poco de ensalada, arepa y una sopa instantánea. Roberto se iba a su casa, prefería comer allá y luego regresar.

-¿Dónde caliento la comida?.- preguntó Alejandro.

– En el segundo piso del edificio A, por allí cerca de las escaleras, hay un microondas, – le responde Roberto.

Empezó la travesía. Sube y baja escaleras. Giro para la derecha, giro para la izquierda, sale y entra al pasillo y nada. Toma otra entrada, vuelve a subir y al fin, luego de 24 minutos consigue el microondas. “Con razón Roberto se va a su casa a comer”, se da cuenta Alejandro. El calentador está todo oxidado, machado, pero funciona. 

Le toca comer dentro de un contenedor donde hay un montón de galones con pintura, las escaleras que usaban, los tornillos y otros utensilios. La comodidad no existe allí, no hay un sitio adecuado para que se siente como un mesón o algo. “Así es la vida de los trabajadores de la construcción en los Estados Unidos”, piensa. No es fácil descansar así, pero bueno, tal vez cuando vea el pago en dólares se tranquilizará.

Menos mal que Alejandro es todo terreno. Comió tranquilo, reposó como 10 minutos y luego a seguir trabajando.

Roberto llegó con nuevas instrucciones. Debía medir las paredes donde colocaría las tablas que cortaron. “Andá a buscar el metro, dale tranquilo, relajado, dile a Daniel que te preste las llaves de la camioneta, mientras yo voy al baño a hacer del dos”, dijo entre risas.

Alejandro bajó las escaleras de gelatina una vez más buscando la van blanca con rines de Tahoe de Daniel. Del otro lado del estacionamiento estaba parqueada y la puerta trasera abierta le advirtió que podría estar allí. 

-¿Qué buscas Alejandro?

-Roberto necesita un metro para medir las paredes. 

-Por aquí debe haber uno…déjame mirar…y sí, aquí está: toma.

-Listo, ahora te lo regreso.

-Tranquilo, si quieren se lo quedan. ¿Sabías que aquí mismo donde estamos parados se hizo un hueco gigante antes de que echaran el asfalto?

-No lo sabía.

-Sí y ocurrió algo muy feo. Una vez llovió durísimo, estuvo como dos días lloviendo y provocó que se hicieran una serie de huecos rellenos de barro. Una camioneta venía a velocidad y no pudo frenar luego de caer en uno y en el deslizamiento tumbó y mató a un muchacho que veía pasando por ahí. Siguió lloviendo y se hizo un hueco que tardaron en reparar. La obra se paró unos dos meses por la muerte de Luis, el muchacho que venía de Guatemala a morir ahí aplastado por la camioneta.

-Dios mío qué fuerte.

-Esa gente viene para acá a matarse trabajando literalmente, ya te vas a dar cuenta. Yo he pasado acá más de la mitad, mucho más, de mi vida. Me han devuelto ocho veces y siempre vuelvo a entrar para seguir trabajando. Así es como he logrado lo que tengo.

Alejandro quedó extrañado con esa afirmación de Daniel. Wow ocho veces atrapado. Pero sí, Daniel se mantuvo firme en esa cuenta: ocho veces lo han sacado y ocho veces se ha metido como si la frontera tuviera una puerta giratoria. Daniel tiene 30 años y la primera vez que lo sacaron estaba en bachillerato. Lo agarraron saliendo de la escuela.

-Pero a las pocas semanas regresé y seguí tomando clases.

Solo dos de sus salidas han sido formales, es decir, lo deportaron oficialmente. El resto lo agarraron y lo soltaron del otro lado. 

-La última vez me detuvieron cerca de San Antonio, me llevaron a la frontera y me soltaron en México con un grupo de 15 personas.

En un par de ocasiones lo hicieron cuando Daniel era menor de edad.

Las ocho veces también ha ingresado de manera irregular. Pero eso no le importa mucho. No es el hecho de “quebrar la ley” al ingresar, sino que tiene cuatro hijos y hace lo que sea por ellos. México no es una opción.

Es difícil imaginar que una persona pase por eso. ¿Puede la gente vivir así? Pues Daniel lo ha hecho y ha logrado parte del sueño americano. Tiene una familia grande, una casa nueva, una camioneta y montó esa empresa que contrató a Roberto y Alejandro que hacen servicios en construcción.

-Lo que me falta son los papeles.- dice Daniel.

Daniel lo ha conseguido casi todo, no es por camino fácil, ha sudado al doble y literalmente ocho veces todo, pero una residencia la ve lejana.

-Al menos hasta que mi hijo sea mayor de edad y me pueda pedir.

Mientras Daniel sigue trabajando y cuidándose para que no caiga la novena salida.

Luego de la conversa con el jefe, Alejandro regresó al cuarto donde estaban cortando el sheetrock con una nueva historia para pensar en ella. Eso le gusta mucho porque su vocación de sociólogo lo pone así: a escuchar gente y tratar de entender su naturaleza. Ahora como migrante tiene mucho para pensar.

Media hora después reapareció Roberto y empezó a medir las paredes. Cada 10 pies se debe poner una tabla con tornillos de sheetrock. Y empezaron.

-Bueno, sigo con mi cuento del viaje. ¿Dónde quedamos?

-Estabas saliendo de Honduras luego de la mala experiencia con el policía.-

-Ah cierto. Entonces allí atravesamos Guatemala el mismo día. No paramos, solo para hacer transbordo. Ya la cabeza me daba vueltas, la bebé estaba súper incómoda, vomitó mucho.

La niña no se deshidrató pero en la frontera con México la revisó un médico. Les dijo que debían descansar un rato al menos porque se podría complicar. Estaban totalmente agotados. Y así lo hicieron. Esperando una caravana de personas que ingresarían también con rumbo al norte, descansaron en una carpa que le prestaron por cinco horas. Luego de tomar mucha agua y comer la caravana llegó al final de la tarde y avanzaron.

-No dieron un salvoconducto. Con eso podríamos atravesar el país hasta cualquier paso fronterizo con EEUU. No podríamos quedarnos allí en México porque nos deportarían.

Cruzaron una buena parte del territorio mexicano en autobús. Llegaron a Ciudad Acuña, esto es en el estado de Coahuila, fronterizo con Texas, a unas 180 millas de San Antonio. 

Pagó 600 dólares al coyote que por llevaría por el río hasta los EEUU. Los últimos que tenía. 

-Nos asustamos un poco porque esos coyotes a veces se voltean y piden dinero extra por ayudarte a pasar cosas por el río. Pero gracias a Dios ese no nos cobró nada.

Pasaron el río que estaba bajito en esa época: septiembre de 2022.

-Yo iba con la niña en brazos cuidando cada paso, mi esposa iba nerviosa agarrada a mi brazo derecho. Seguimos metro a metro. Lo pasamos en ocho minutos. llegamos mojados pero sin rasguños.

Bienvenidos a los Estados Unidos. Recorrieron unos metros y funcionarios de la patrulla fronteriza ya los estaban esperando. Fueron detenidos con dos familias más.

-Me quiteron el pasaporte, yo tenía dos y de tonto entregué el más nuevo. Nos llevaron a unos calabozos donde nos separaron. 

La niña se quedó con su mamá. Luego de unas cuatro horas y hacer el miedo creíble los soltaron. Cortesía el tiempo porque hay personas que han quedado meses retenidos.

El miedo creíble es una entrevista con un agente de migración que determina si eres elegible para un asilo político y recibir protección de los Estados Unidos. Es el primer paso dentro de lo que será tu juicio por haber ingresado de manera irregular al país. 

-Gracias a Dios nos dieron el ingreso. A muchos los regresaron a México.

Luego de salir, otro bus los esperaba. Con gastos pagos viajaron hasta San Antonio y de allí a una ciudad de Arkansas donde se estableció, compró su primer carro alquiló una casa y está criando a su hija que ya aprendió inglés y junto a Carol esperan un nuevo hijo. Haciendo las cosas bien, Roberto cree sin temor a equivocarse que su destino es seguir en los Estados Unidos a pesar de las actuales políticas anti migración de la administración de Donald Trump.

-No tengo porqué tenerle a alguien. Yo no soy ningún delincuente, no le hago mal a la gente, vine a este país para hacer mi aporte y crecer junto a mi familia. ¿Es fácil de entenderlo? No creo, pero quizá algunos no lo vean así.

Dejaron de medir, cortar e instalar. Se acabó la jornada. Mientras caminaba hacia el estacionamiento, Alejandro pensó que su primer día a pesar de todos los temores, no fue malo. De hecho fue extraordinaria porque aprendió y conoció historias de vida.

Esa reflexión le quedó resonando en la cabeza y se dio cuenta de que sin importar el origen, los modos de llegar, los proyectos personales, todos estaban ahí trabajando, aportando. Diferentes historias pero que al mismo tiempo se parecen. Roberto con su aventura en la selva, Daniel con sus idas y venidas, Alejandro con sus dudas pero con el ánimo alto. Todos como ayudantes de chalán dieron sus primeros pasos, pagaron sus primeras cuentas, se compraron su primer helado gringo y empezaron a forjar sueños, los que al fin y al cabo, son los mismos: vivir tranquilos en un país con oportunidades.  

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